Cuento

Sara Montes

por Marta Angélica Mirande

2025

Juana López, compañera de Sara Montes del Taller La Rebelión de las Palabras, nos contó:

Llegué a su casa y busqué el timbre. Nada. Palmeé. Después de un pasillo largo y oscuro había una pieza de donde salió una muchacha joven. No la conocía.

—Busco una carpeta. Sara, la señora que vivía aquí, participaba del taller de escritura conmigo. Ella escribía todo a mano, sin computadora y sin máquina de escribir. Además, no hacía copias. El quince se hace un recordatorio de ella en el Museo de la Ciudad y estaba buscando material de lectura de su autoría.

—No quedó nadie de la familia. La casa se dividió en tres departamentos. Con mi mamá ocupamos el cuarto de atrás. ¿Cuál es tu apellido? No te conozco.

—Sí, es la primera vez que te veo. En una ciudad tan chica… ¡Qué raro! Soy Juana López.

—¿Dónde vivís?

—Vivo en Belgrano 701. ¿Cómo te llamás?

—Mónica Morales, somos de Entre Ríos.

—¿Dónde trabajás?

—En casa, mi mamá se está muriendo. Tiene cáncer. Está postrada desde hace dos años y sufre apneas. Con dos hermanas hacemos turnos para cuidarla durante la noche. En realidad, somos siete hermanos. Pero los demás no viven cerca.

—Entonces, ¿no conociste ningún pariente de mi amiga?

Mónica pensó un rato y dijo:

—Una vez vimos en el pasillo una señora de edad. Alquilaba el departamento de adelante, frente a la calle. Enseñaba a escribir y tenía bastantes alumnos. Pero después desapareció. ¿Cómo era Sara?

—Más vale baja, de cabello corto canoso y de lentes. A pesar de su edad, ochenta años, tenía movimientos ágiles y enérgicos. Siempre estaba muy sonriente.

—No, no era la misma. Pero esta casa estaba hechizada.

—No te entiendo.

—Las luces se apagaban y se encendían sin que nadie las manipulara. Se escuchaban pasos y ruidos como si alguien viviera en los otros departamentos. Estaban vacíos. Cuando me sentaba en el sofá se respiraba otra presencia, como si hubiera alguien más, y a la mañana quedaba el otro almohadón también abollado. En esta habitación mi madre empeoró como si una fuerza destructiva la poseyera.

—Una situación muy difícil. ¿Qué hicieron?

—Llamamos al Padre Gonzalo para que hiciera un exorcismo.

—¿Vino? Porque hasta lo que sabía, el padre era un cura sanador.

—Sí, vino. Mientras rezaba roció todas las paredes con agua bendita. No me vas a creer, pero la puerta de entrada se abrió de golpe sola y fue expulsada la mala energía. El Padre Gonzalo dijo que era un espíritu que buscaba el perdón y no quería abandonar la casa hasta encontrar la paz.

—Sara se suicidó —afirmé con tristeza y resignación.


2017

Juana López compartió vivencias del Taller en la Biblioteca.

Sara contaba un cuento largo y nosotros la escuchábamos en estricto silencio, como en misa. Se trataba de una aventura tan interesante que siempre esperábamos el continuado. Como Scherezade. No escribía en computadora, ni siquiera en máquina de escribir. A puño y letra. ¿Qué descargaría en cada trazo? ¿Qué expresión tendría en esos instantes cuando se detenía para pensar una idea para después volcarla en el papel?

Era la hora mágica, de pensar como escritoras y crear espacios infinitos. Después, al llegar a su casa, detrás de la puerta de rejas del frente seguía el pasillo largo y oscuro. Tan angosto que ponía límites al pensamiento, y al fondo estaba ese tabique de madera que la separaba del único hijo que convivía con ella, que se había construido una pieza en el pequeño jardín de su casa. No quería verla nunca más.

¿Quién ganaría la pulseada? ¿Su imaginación o el lóbrego pasillo?


2018

Sara Montes comentó:

Cumplí los ochenta y me hice la pregunta:

—¿Me perdí algo de la vida? Era viuda, con hijos y nietos, había escrito poesía y cuentos. Cuando estaba en esas cavilaciones, llegó mi nieto Luciano y me invitó:

—Abuela, te hago una propuesta. ¿No te parece algo loco tirarnos en tándem en paracaídas? El instructor es una persona seria y responsable y me dijo que no se corría ningún peligro. Tendríamos que viajar al Aero Club de Cañada, a unos treinta minutos de ruta. Aparte vos estás impecable. No sufrís de nada.

La experiencia que buscaba. Sin vacilar pregunté:

—¿Cuándo vamos?

—El sábado a las 8.30. Hay que llevar el documento. Previo al salto, se dan las instrucciones correspondientes.

Un desafío. Nunca tuve miedo al peligro.

A la noche, a pesar de haberme despertado dos o tres veces con ansiedad, había dormido bien. En ese momento estaba serena. Aparte quería mucho a mi nieto y le tenía mucha confianza, no quería defraudarlo.

Cuando llegamos nos recibió el instructor. Tendría alrededor de cuarenta y cinco años. Era una persona con conceptos claros, que conocía su oficio a fondo. Nos ayudó a mantener la calma y nos mostró el equipo que tendríamos que usar.

Subimos a la avioneta. Una vez que alcanzó la altura reglamentaria nos largamos. Era un día espléndido, de mucho sol y sin viento. Poder volar, el desafío del hombre desde siempre. Vencer la gravedad y observar el mundo desde arriba. Nuestro cuerpo se movía ingrávido y libre. No se sentía el peso de la ropa y la incomodidad de los zapatos. Se veían las avenidas arboladas, la torre de la iglesia, los edificios más importantes y las casas. Todo era pequeño, los tapaba con el movimiento de las manos y me sentía con el poder de mover esas pequeñas piezas de lugar. Con Luciano nos sentimos más unidos que nunca. Culpables de una travesura. Nadie lo podría creer. Al rato empezó a formarse una sombra bicéfala en el césped y pusimos por fin los pies en la tierra. Nuestro bautismo de aire había finalizado. Alguna vez formamos parte de él.


2020

Sara Montes confesó:

Me pidió la parte de la venta de la casa que le correspondía después de la muerte del padre. Pero, a esta edad, después de sesenta años de vivir allí, me negué. Quería morir dentro de esas paredes.

El pasillo se hizo cada vez más angosto, casi me asfixiaba, y salían de los rincones voces que gritaban, que agredían como cuchillos. Las paredes estaban casi juntas, entré a mi habitación muy mareada, y busqué las pastillas de siempre. ¿Debía tomar cinco, diez o veinte? Estaba muy confundida, lo único que quería era dormir. En sueños, apareció Luciano con el paracaídas. Se ofreció a acompañarme para ver desde el aire lugares maravillosos y para pisar suelos desconocidos. Feliz, me até las riendas y empezamos a volar.

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