Cuento

La casa de los abuelos

por José Albino Pereyra

Laura quedó inmovilizada ante las preguntas de su hijo Agustín. Junto a la ventana observaban la nada, sin decir una sola palabra. En su cabeza resonaban las interpelaciones: ¿qué pasó con los tíos?, ¿por qué no nos vimos más?, ¿y los primos?

Una vieja historia de odios y distancias entre hermanos renació en un instante. No pudo contener las lágrimas y luego de hurgar en un viejo álbum, sacó la foto de una casa, la entregó a su hijo y se desplomó en el sillón.

—Aquí fuimos felices. Era grande y hermosa, corríamos y jugábamos con tus tíos por el jardín lleno de rosas rojas de mamá. Allí se ve la hamaca realizada por papi. —Y se quedó pensando, luego continuó—: ¡Qué lejos quedó aquel tiempo de encuentros! Cada uno con su familia y ustedes, los primos, felices correteando por el parque los domingos, los cumpleaños y las fiestas inolvidables. Pero llegó muy pronto el momento de las partidas. Primero mamá y al poco tiempo papá. Allí descubrimos nuestras miserias y mezquindades y comenzamos a pelearnos por la casa y sus cosas. Desde entonces nos ignoramos mutuamente. Mal vendimos todo y las migajas de dinero, producto de las ventas, se esfumaron rápidamente. Desde ese momento dejamos de vernos, ¡más de diez años ya!

Ella era la mayor de tres hermanos, había quedado viuda y tenía tres hijos varones, de los cuales Agustín era arquitecto. Luego de la venta de la casa habían ido a vivir a Federación, muy cerca de las termas, donde el agua bendita que mana de lo profundo de esa tierra entrerriana ayudó a mitigar las heridas del alma. De Federico y Daniel, sus dos hermanos, no tenía noticias desde hacía tiempo. Tales habían sido las heridas que la distancia entre ellos se llenó de silencios y ausencias.

Avanzaba diciembre hacia un nuevo fin de año cuando los tres hermanos recibieron sendos sobres con una tarjeta en la que los invitaban a vivir la fiesta de la Navidad, el 24 de diciembre a las 21 horas. Ese día harían un homenaje a sus padres por lo que debían confirmar la presencia. La ubicación del lugar, en la ciudad de Leandro N. Alem, les sería enviada el día de la fiesta.

El domingo, Laura les comentó a sus hijos.

—¿Y qué decidiste? —le preguntaron—. ¿En Alem vivían los abuelos? ¡Qué lindo… un homenaje para ellos!

—Sí… allí también nacieron ustedes tres, pero la casa se vendió.

—¿Y la dirección?

—Dice que la enviarán el mismo día de la fiesta.

—Vamos todos —dijo el menor.

Agustín lamentó no poder acompañarlos, un viaje de trabajo le impediría estar para esa fecha, pero los estimuló para que fuesen.

Salieron un día antes en el auto de Laura y luego de varias horas de viaje, se hospedaron en un hotel del centro de la ciudad. Cerca del mediodía del 24 recibieron la ubicación de la fiesta y a la hora indicada se acercaron al lugar.

—¡Pero aquí vivían los abuelos! ¡Qué cambiada está la casa!

Inmediatamente se detiene otro auto, justo cuando Laura comenzaba a descender.

—¿Qué haces aquí? ¡Debí imaginar que tú estabas detrás de esto! —era Federico, que con frialdad la saludaba apenas pasándole la mano—. ¿Para qué nos invitaste?

—Yo también fui invitada, quizás fue Daniel —le contestó Laura.

Daniel no tardó en llegar. Con más amabilidad los saludó:

—Gracias por invitarme, a quien se le haya ocurrido: excelente idea.

—Nosotros no fuimos —contestó Federico.

Un momento después se abrió el gran portón de entrada y ante sus ojos, un mundo de luces multicolores, grandes plantas de rosas rojas y tres mesas preparadas, elegantemente presentadas, los llenaron de sorpresa.

Un hombre vestido de mozo los invitó a pasar, justificando a los dueños por la demora y que estos no tardarían en llegar.

Cada familia ocupó una de las mesas, manteniendo la incomunicación que solo era rota por los primos que vinieron y se saludaban. El hombre volvió a salir para pedirles que una de las mesas quede sin ocupar y que se reubiquen en las dos restantes. Al principio todos quedaron parados y disimuladamente aprovecharon para recorrer el jardín. Los primeros en romper el hielo fueron los primos que se ubicaron en una de ellas y luego de abrazos y risas comenzaron a contarse sus vidas.

Con mucho recelo, Laura, sus hermanos y sus esposas, se sentaron en la otra mesa. La comunicación seguía siendo mínima. El incómodo momento se rompió cuando aparecieron los anfitriones. Agustín y Alicia, la hija de Federico, aparecieron de la mano. Nadie podía creer lo que veían.

Los dos primos saludaron y luego se dirigieron a todos:

—Disculpen la forma de convocarlos. ¡Bienvenidos a nuestra casa! Aquí nacieron, jugaron y de chicos fuimos muy felices con los abuelos. Hace un par de años nos encontramos casualmente con Alicia y luego de charlar decidimos hacer realidad un sueño que tuvimos.

—A ambos, los abuelos se nos aparecieron en sueños y con mucha tristeza, nos pidieron exactamente lo mismo: que recuperemos la casa y hagamos de ella un lugar de encuentro familiar. Trabajamos duro y ellos nos allanaron muchos caminos. Pensamos que Navidad era la fecha para lograrlo. Hoy estarán en paz y felices de acompañarnos. Esta es su mesa, porque están aquí, en esta Nochebuena están con nosotros y la casa de los abuelos volverá a ser el lugar común donde nos reunamos y compartamos —acotó Alicia.

Los primos aplaudieron y vivaron. Los hermanos tímidamente comenzaron a abrazarse y pedirse perdón por sus actitudes mezquinas.

—Hoy es noche de fiesta, no hagamos enojar a los abuelos, ¡iniciemos la cena! ¿Quién hace la bendición de los alimentos? —continuó Alicia.

El mozo comenzó a servir al son de villancicos que envolvían el lugar.

Agustín llenó las copas de la mesa vacía y luego de brindar con ellas, se alejó hasta una esquina del jardín, junto a un rosal rojo. Desde allí miró el cielo y pensó en ellos, seguramente estarían felices. Una estrella fugaz atravesó el cielo y fue la señal que esperaba. En ese instante llegaron su madre, Alicia y los tíos, que lo abrazaron en medio de lágrimas de alegría.

—¿Cómo lo hicieron?

—Eso no importa, hoy debemos estar felices porque la casa de los abuelos volvió a ser la casa del encuentro.

Y mirando el cielo levantaron sus copas en medio de abrazos. Un poco más allá los otros primos reían felices. Nuevamente en Navidad volvían a estar todos juntos, como siempre debió haber sido.

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