Ensayo

«Es más bueno que el pan»

por Fidel Martínez

Es una frase muy conocida: “Si es más bueno que el pan”. Lo dijo un político en una oportunidad; luego se demostró que aquel a quien hizo referencia no resultó ser nada bueno.

Además escuché muchas veces “comiendo el pan no se enferma nadie”, en alusión al pan como símbolo: este noble alimento figura como el cuerpo de Cristo.

Pero esa experiencia no la tuvieron los habitantes de una pequeña comunidad del departamento de Boyacá, Colombia, una localidad llamada Chiquinquirá, el 25 de noviembre del año 1967.

Como cada mañana, el mismo ritual: niños vestidos con uniformes prolijos, cuadernos inmaculados, compran de una panadería cercana el pan para el desayuno, panes tibios envueltos en papel para los desayunos escolares. El aroma del trigo llenaba los pasillos.

En la escuela estatal, los pequeños, como lo hacían todos los días, compraron el pan para su desayuno. Solo que en esa oportunidad, a los pocos minutos de consumir esos panes de “atrapante” aroma a trigo blanco caliente, sintieron fuertes dolores de estómago y un sudor frío. Algunos caían fulminados en los patios de la escuela; otros les contaban a sus maestras: “Seño, siento un fuerte dolor de estómago”. Esos escolares prolijamente vestidos se desplomaban en el mismo patio de la escuela.

La tragedia inesperada se diseminó en unos minutos como un incendio.

Veinte, treinta, cincuenta niños: la cifra crecía con cada llamada desesperada al pequeño hospital municipal, cuyo personal, desbordado, improvisó camillas con tableros de madera y esperó ambulancias que jamás alcanzaron a llegar a tiempo. Algunos dicen que hubo 85 víctimas fatales; otros sospechan que llegaron a cien, y más de quinientos damnificados.

Cundió el pánico, primero en el establecimiento escolar y minutos más tarde en toda la comunidad de esa tranquila población. ¿Qué es lo que está pasando? ¿Algún virus? ¿En el agua, tal vez? Por último se comenzó a sospechar del pan. ¿Pero cómo, el pan?

El joven panadero, al comenzar su jornada laboral, le había comentado a su patrón que en la harina se sentía como un leve olor raro. El dueño de la panadería le recriminó: “Deja de poner excusas para no trabajar, ponte a realizar tu responsabilidad”. El muchacho continuó con su tarea, y con los otros componentes naturales —levadura, grasa, azúcar— el extraño olor pasó a ser prácticamente imperceptible.

Al salir la primera hornada, los niños de la escuela se llevaron toda la producción. Habitualmente el dueño de la panadería acostumbraba comerse dos panes calientes; dada la demanda del momento, esperó la siguiente.

Cuentan algunas publicaciones de la época que lo último de lo que se desconfía es del pan. Luego de los análisis de los restos que algunos niños vomitaban, se descubrió que el producto estaba contaminado con un fuerte pesticida fosforado. La pregunta es: ¿cómo llegó a contaminarse la harina?

Cuando los vecinos se enteraron de que el pan era el culpable de semejante tragedia, llegaron hasta la panadería con el fin de linchar al comerciante. Allí se enteraron de que el mismo estaba internado en el hospital, sintiendo los mismos síntomas que quienes consumieron su producto. Minutos más tarde dejó de existir.

Según el testimonio recabado por la prensa de ese momento, el transportista que llevaba la harina a la panadería Nutivara de Chiquinquirá —que por ese entonces contaba con aproximadamente 25.000 habitantes— fue abordado por un cliente para que le transportara una caja que contenía unos frascos de vidrio. El camionero no sospechaba que en esos frascos trasladaba paratión, un potente pesticida usado en la agricultura. Con el traqueteo se rompió uno de los frascos, lo que contaminó las bolsas de harina.

Se han comentado muchas anécdotas en torno a esa tragedia que enlutó a gran parte de la pequeña localidad.

Se cuenta de una niña que en el desayuno sintió un gusto raro en el pan y le dijo a su padre que no iba a comer, ya que tenía gusto a veneno. Su padre la regañó diciendo: “Es un pecado decir eso del pan”. Ella, infringiendo el regaño de su padre, tiró las migajas a los pollos, que al poco tiempo cayeron fulminados.

Muchos años después, un niño le preguntó a su abuela, cuando visitaban el cementerio local: “Abuela, ¿por qué existen tantas sepulturas chiquitas, una al lado de la otra?”. A lo que la anciana contestó: “Esto es culpa del pan”.

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