Microrrelato

El secreto de un examen

por Sara Ester Gauvry

Noviembre de 1957. Mediodía. Horas previas a mi examen anual de danzas clásicas y españolas. Yo tenía la edad del último dígito del año y… ¡¡no me gustaba el mondongo!!, plato principal de aquel almuerzo.

El ingenio y la habilidad innatamente maternales afloraron en mi hermana mayor, quien vislumbrando un drama comensal me dijo en confidente susurro:

—Es un secreto… No lo cuentes a nadie… Si comés todo, no dejás nada, esta tarde los pasos te saldrán mejor que nunca.

Contrariamente a lo que entonces me causaba el menú, yo adoraba —y adoro— bailar. Sin cuestionamientos vanos y con la ingenua credulidad de mis pocos años comí… ¡comí todo lo que me sirvieron! Hasta la “ruedita” de la rodaja de pan, la cáscara, que solía ocultar inocentemente, rodeando por debajo el borde de mi plato.

Después… ¡llegó la hora señalada! Pliés… Rond de jambe… Port de bras… ¡Todo a la perfección!

Con curiosidad oí cómo la ilustre docente que nos examinaba le decía a mi profesor:

—¡Qué bien lo hace esta chiquita! Tiene mucho para dar.

Acusé recibo de lo escuchado. ¡Era imposible quedarme callada! (no sabía guardar un secreto) y exclamé orgullosa:

—¡Claro! ¡Si hoy comí mondongo!

Tardé un tiempo en entender el porqué de aquella carcajada con la que graciosamente respondieron a mi aclaración.

#anécdota#infancia#danza
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