Cuento
El peso del aire
por Nazarenus Facundo
Desperté mareado otra vez, como si mi cabeza hubiera quedado atrapada en el eco de un sueño que insiste en repetirse. No sabría decir si es una promesa o un castigo, pero hubiera querido quedarme ahí, suspendido entre la luz y la memoria, pero hoy tenía que verte. Siempre tengo que verte. Aunque ya no respondas.
Salí a la calle, dejando que la ciudad terminara de despertarse a mi alrededor. Los autos arrastraban su cansancio por las avenidas, las ventanas cargaban ojeras de noches insomnes y el viento llevaba hojas que parecían mensajes que nadie leyó a tiempo.
El camino hacia donde estabas es largo, pero lo agradezco. No me gustan esos lugares lúgubres donde todos lloran con la vergüenza de quien teme hacer ruido. Me dan una sensación áspera, como si la realidad se deshilachase un poco cada vez que los visito.
Te hablé un rato, como si tus silencios todavía contestaran. Y juro que por un instante sentí que estabas ahí, tan hermosa como siempre, con ese resplandor tuyo que nunca pude describir sin quedarme corto.
Cuando terminé de hablarte, me despedí.
Y recordé que todavía debía pasar por tu departamento.
No sé por qué sigo haciéndolo. Quizás por costumbre. Quizás porque me gusta recordarte en un espacio donde tu risa todavía flota en las paredes. O quizás porque… bueno, porque a veces olvido cosas. Cosas pequeñas. Cosas importantes.
El edificio se levanta como un gigante viejo que hubiera olvidado que alguna vez fue majestuoso. Las paredes están cuarteadas, las escaleras crujen con cada paso, como si reconocieran mis visitas reiteradas y les pesara soportarlas.
Toqué tu puerta.
No obtuve respuesta.
Pero ya no la esperaba.
Ya nadie responde de ese lado.
Me quedé un rato frente a la madera, como si la puerta pudiera abrirse sola si yo deseaba lo suficiente.
Suspiré y apoyé la frente en el marco. No sé por qué siempre termino hablándote ahí, justo ahí, donde la luz del pasillo cae en diagonal y hace que todo parezca una escena fuera de foco.
Vos siempre hablabas de volar. Era una obsesión tuya, ¿te acordás? No sé cuántas veces te quedaste mirando por la ventana, con ese brillo en los ojos que yo interpretaba como un llamado. Decías que querías elevarte, que querías sentirte liviana, que querías dejar atrás todo aquello que te pesaba.
Yo te creí.
Te creí demasiado.
Quizás por eso, cuando hablaste de tus miedos, yo pensé que buscabas un escape más definitivo. No entendía tus metáforas, o las entendí demasiado bien. Me doy cuenta tarde.
Siempre tarde.
Y sin embargo… todavía escucho tu voz en mi cabeza, esa voz hecha de hilo suave que se tensaba cuando estabas nerviosa, cuando querías decir algo y no sabías cómo.
“Quiero volar”, repetías.
Yo fui el que creyó en interpretaciones que no existían.
Yo fui el que pensó que ayudarte significaba darte alas.
Y vos… vos te asustaste.
Claro que te asustaste.
Me separé de la puerta. Había un detalle que seguía atormentándome. Como una espina que cada día se hundía un poco más.
Aquel día en tu departamento… dejé algo atrás.
Algo que no debía haber quedado ahí.
Algo que ahora todos vieron.
La prensa hablaba de esa pobre joven. Qué palabra más injusta, más cruel, más equivocada. Pero qué fácil se la creyó la ciudad. Era más cómodo pensar en un impulso propio que en una mano equivocada ofreciéndote alas que no querías.
Los murmullos crecieron.
Estuvieron aquí esta mañana, tocando puertas, haciendo preguntas.
El sueño volvió porque ya no me sirven los escondites.
Me muestra lo que intenté olvidar.
Tus ojos abiertos, no como quien salta, sino como quien pide que la suelten. Mi mano, temblando.
Tu voz diciendo mi nombre, no como una despedida, sino como un ruego.
Quisiera convencerme de que fue un accidente.
Quisiera convencerme de que te entendí mal.
Pero cada vez me cuesta más.
Ya vienen.
Supongo que ya encontraron lo que dejé.
Supongo que ya entendieron que el viento no te llevó a ninguna parte. Supongo que ya no tiene sentido seguir hablándote.
Pero igual lo hago.
Porque todavía sueño con vos.
Porque todavía creo que si cierro los ojos lo suficiente, ese instante se reescribe y te veo volar de verdad.
Porque todavía te amo.
Y porque, aunque ya estén subiendo las escaleras, todavía no aprendí a dejarte ir.